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Ángel de la jiribilla
Grano de pimienta, loro salvaje, cielo, argamasa sideral. Pájaro negro, corazón de iguana. Guaimas, mapanares, macaureles, cujizales. Sol entre los muertos, sol entre los vivos. Espigas, mazorcas y candiles. Rastros, rostros, rastrojos y despojos. Partos solares, trágico arrebato. Trote y tropa, paso largo, largo trago. Embrujada corteza diluvial. Sangre viva, tierra viva, carne viva. Tarimba, asomo, queja numinosa. Germinación, huracandad y pena. Clamor, rayo, delirio, sortilegio. Paso de la Soledad. Paso de Casa Grande. Paso de la Esperanza. Paso de Yermitud.
Oscura vereda. Un desierto el alba. Un espinar la tarde. Un tunero la noche. Llaga desolada. Fosa implacable. Apagado lucero. Fango turbio. Ciénaga. Desesperada ficción. Sequía desbordante. Magma horrible. Falsa vida. Falsas aguas. Falso sol. El alma confortada en los vericuetos de la noche. Veredas en la sombra. Todo ensombrecido. Falsificación total. Valle de tinieblas, lóbrego, tenebroso. Largo dolor. Sin una lucecita para tanta pena. Para tanto lagrimón en la vereda.
Celadas, sueños, emboscadas. Cuevas, botines, dioses, demonios, bosques y maldades. Cabe la muda paloma de los lejanos terebintos, persiguen, oprimen y combaten los enemigos, emboscados entre nubes tardecidas. El temor invade noche, soledad, espera. Jamás noche más sombría, horripilante y ciega. Embuste, delirio, desespero, universal destierro. Al acecho, alguien arrebata la vida. Errante, quejumbroso, solitario entre la noche, zigzagueando sombra, vendaval, el hombre prosigue con la noche a cuestas.
“Ángel nuestro de la jiribilla, verde de hoja en su amanecer lloviznado, oloroso a columna de hojas de tabaco. Ángel de la jiribilla, en el asombro, asombro que encuentra el círculo del cocuyo para exorcizar la medianoche. Jiribilla del paroxismo, de la hondura del frenesí frente a la muerte. Jiribilla que asusta a la muerte y la obliga a la arrecida de la hoja del barbero clásico. Jiribilla, hociquillo simpático. Simpatía de raíz estoica. Fabulosa resistencia. Arca de nuestra resistencia en el tiempo, cinta, de la luz en el colibrí, que asciende y desciende, porque pesa menos que el aire.
Ángel de la jiribilla, que cambias la salamandra en la iguana del Taíno, que lleva su brasa a los tinajones, donde de noche se guarda el sol. Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte. Vigila las cenizas que retornan. Sé el guardián del etrusco potens, de la posibilidad infinita. Repite: Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad. Ya la imagen ha creado una causalidad, es el alba de la era poética entre nosotros. Ahora podemos penetrar, ángel de la jiribilla, en la sentencia de los Evangelios; “Llevamos un tesoro en un vaso de barro”. Ahora ya sabemos que la única certeza se engendra en lo que nos rebasa. Y que el icárico intento de lo imposible es la única seguridad que se puede alcanzar, donde tú tienes que estar ahora, ángel de la jiribilla.” (José Lezama Lima: La cantidad hechizada).
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